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Moz’Mathir ordeno a sus sacerdotisas dejar de lado sus rencillas, tenían un enemigo común, ya iba siendo hora que los Drows se dieran a conocer al mundo, ya era la hora de la venganza.

Los hijos de Moz’Mathir volvieron a la superficie con un ejercito nunca visto, el objetivo era claro, tomar una de las ciudades de sus primos de la luz y asentarse en la superficie para, con el tiempo, desde esta posición lanzar mas ataques a sus odiados primos por el éxodo que les obligaron a realizar.

La ciudad elegida fue, obviamente, la que les expulsó hacia milenios, la ahora llamada ciudad elfa de Tol Virnir, la cual con el paso de los siglos había sido repoblada y renombrada, que además era una las ciudades mas fortificada y mas sagrada para los elfos de la luz, en ella se ubicaba el mayor panteón de los dioses Beoran, además de capital del reino de Ahmerrad. Conquistar esta ciudad no solo era una venganza por la expulsión de los Drow a la estepa subterránea, era además una clara manifestación de la nueva raza en el mundo y un claro ejemplo del poder de Moz’Mathir. Ya nadie recordaba el nombre original de la ciudad, pero no importaba, la venganza era lo único que corría por las venas de los Drow.

Tres cuartas partes de Ken’nebris surgieron de la tierra, treinta mil guerreros Drows ataviados de negro y con las insignias de sus casas, precedidos de un ejército de esclavos el doble de numeroso.

La comandante del ejército era la anterior reina, Eglarest’nebris, que había recibido de su amada deidad la orden de tomar la ciudad de la forma mas sádica posible y la reina pensaba cumplir con creces el deseo de su ama.

Rodeo la ciudad ordenando a sus sacerdotisas-brujas cubrir los cielos de un denso velo negro, el objetivo era sencillo, aterrar a los habitantes, quería disfrutar del pánico de la misma.

La respuesta de Tor Virnir no se hizo esperar y las almenas se llenaron de soldados y clérigos dispuestos a dar la vida por su amada ciudad, por su hogar. Eglarest’nebris pudo escuchar el pútrido acento de sus primos cuando llego a sus oídos los discursos de valor y de defensa de la ciudad, así como los intentos de sus clérigos para eliminar la oscuridad, en vano, la magia innata de los Drow era demasiado poderosa.

Eglarest’nebris alzo el brazo apuntando a la ciudad, un leve movimiento y todo el ejercito esclavo avanzó aullando y maldiciendo.

La batalla había comenzado, Tor Virnir comenzó a escupir proyectiles, una lluvia de flechas que sacudía la marea de esclavos como un látigo, pero estos eran demasiados y llegaron a las murallas, decenas de escalas se alinearon y los siervos de Moz’Mathir subieron hasta las almenas.

Los elfos eran diestros en las armas y, aunque perdieron a una gran cantidad de soldados, la marea de esclavos estaba siendo repelida, poco a poco, pero repelida igualmente.

Todos los esclavos murieron y surgió de la almenas un millar de gritos de triunfo pensando que la oleada principal había sido aniquilada. El ejercito Drow no se movió ni un ápice, todos se quedaron mirando la carnicería y sonriendo por lo que sabia que iba a pasar, una carcajada apoyada por treinta mil bocas cubrió la ciudad.

El corazón de los elfos se lleno de congoja,  ¿de que se reían?, mas de la mitad de su ejercito había sido destruido, pero aun así se reían, una carcajada siniestra que anunciaba algo.

Eglarest’nebris alzo sus brazos al cielo precedido de todas las sacerdotisas del ejercito Drow y, comenzaron la plegaria a su diosa para activar el hechizo latente en los esclavos.

Los cuerpos de los esclavos se movieron, como sacudidos por un espasmo, pero no se alzaron, no se levantaron como todos los defensores pensaron mientras hincaban sus espadas en los cuerpos muertos, sucedió algo mucho mas sádico.

Los esclavos comenzaron a convulsionar explotando en una nube de arañas, decenas de ellas salieron de cada cuerpo y atacaron sin piedad alguna a los horrorizados elfos que jamás en sus vidas habían visto algo tan dantesco.

Las arañas avanzaron a un ritmo vertiginoso por la ciudad, mordiendo e impregnando con su veneno a todo ser con vida dentro de la misma. Para cuando los elfos consiguieron recuperarse del pavor y el miedo ya habían caído en domino Drow los dos anillos defensivos de Tor Virnir.

Los elfos consiguieron reagruparse en el fortín y con toda su magia divina crearon una esfera de fuego alrededor de la pequeña fortificación que les quedaba acabando así con las condenadas arañas, pero aunque habían frenado el arma Drow, también habían perdido la mayor parte de su ciudad y de su ejercito.

Y así, sin perder ni un solo soldado, los Drows avanzaron por la ciudad semi muerta hasta llegar al ultimo bastión de Tor Virnir. Lo rodearon, viendo la cara de terror de los pocos defensores que quedaban, e iniciaron los preparativos para el asalto final.

Los comandos Drows, hijos menores de las casas nobles, levitaron por encima de los muros del fortín mientras resaltaban la posición de los defensores, y desde tierra, la plebe creaban globos de oscuridad en las almenas, de esta forma los defensores quedaban iluminados dentro de un mar de absoluta oscuridad.

Los soldados Drows avanzaron con un grito de alabanza a su diosa, precedidos por una lluvia de virotes envenenados procedentes de los comandos a los desprotegidos defensores, la ciudad había caído.

Eglarest’nebris y las madres matronas del consejo regente, entraron en el fortín plagado de elfos paralizados por el veneno Drow y avanzo al interior, allí encontraron a Rey-Sacerdote  Ella y a su familia.

La familia real estaban de rodillas, sabían lo que les harían esos “elfos” sin piedad ni honor, por lo que prefirieron poner fin a la tortura que sabia que les esperaba. De tras de cada miembro de la familia real se hallaba un soldado de la guardia real que, con un rápido movimiento de sus espadas, segaron, con la mayor nobleza posible, la vida de la familia real para después cargar contra las impías brujas que contemplaban la escena.

La muerte de estos no tardo en llegar, pero el rey Ella, que pensó que el suicidio era la mejor manera de morir, estaba tremendamente equivocado. Eglarest’nebris invocó los poderes oscuros de su diosa para recuperar la vida del rey, para poder torturarle como es debido.

El destino del pobre rey Ella se pierde en el olvido, hay quien dice que simplemente fue torturado hasta que los Drows se cansaron, otros que aun sigue vivo en la ciudad de Ken’nebris donde sigue siendo torturado, los mas excéntricos afirman que fue convertido en una Draña y abandonado a su suerte en los rincones mas oscuros de la estepa subterránea, sea como fuere, es una historia que ya a nadie le importa.

La ciudad fue rebautizada como Tor Arach, en honor a la forma animal de la deidad Drow. Los elfos supervivientes fueron enviados a Ken’nebris como trofeo, así como multitud de tesoros que se almacenaban en la ciudad conquistada. Los templos fueron, literalmente, violados y saqueados, todo aura de bondad fue destruida, todo simbología de los dioses Beoran sesgada y toda estatua y esculturas de los dioses elficos destruida. La ciudad paso a convertirse en una obra macabra, en un insulto a la naturaleza elfica.

La respuesta no se hizo esperar, Tor Arach fue atacada en tres ocasiones por las ciudades elficas mas cercanas en un inútil intento de borrar del mapa la plaga Drow. Pero las defensas de la ciudad, junto al potencial mágico Drow, supuso una victoria tras otra, y, con el ultimo ataca fracasado, los elfos reconocieron, muy a su pesar, que los Drows habían llegado al mundo y que no parecía que se fuesen a ir.

De este modo los Drows se establecieron en la superficie, y viendo que no parecía haber mas atacas, la gran mayoría regresaron a su ciudad natal.

Pero, ¿quien dirigirá la ciudad?, grave problema a resolver en una sociedad tan bélica en asuntos de poder. 

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