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"Druidas. Ingenuos endógamos que se esconden tras su velo de misticismo para tratar de ocultar las carencias que demuestran ante los problemas reales. Demasiado ansiosos para los elfos, demasiado perezosos para los humanos. Druidas. Ignoran voluntariamente cualquier problema mientras se revisten de santidad. Druidas. Si hay algo peor que su actitud frente a los problemas es su actitud frente a los contratos. No sé en qué estaba pensando cuando acepté el trabajo."

El encapuchado termina de atar su bolsa y su manta al caballo y monta sin siquiera revisarlo. Sin volver la vista atrás espolea a su montura y suelta sus riendas dejándola cabalgar, confiando en atravesar Puente del Tahúr antes del amanecer. La nostalgia pugna por hacerle presa al salir de los bosques. No se lo permite, cualquier debilidad puede ser fatal en su posición, se ha obligado a no ser débil. Aún así no puede evitar la sensación de que puede que no vuelva a su hogar.

"Que se pudra -se obliga a pensar-, que se pudra el bosque y sus conflictos"

Las antorchas aún están encendidas en la pequeña fortaleza que custodia el puente que da nombre al asentamiento. La luz naranja del amanecer empieza a verse en el horizonte al llegar. Ni día ni noche, ni una orilla ni otra, el encapuchado baja del caballo y casi sin mirar entrega sus riendas al mozo de cuadra de la única posada del pueblo. Dentro aún se prolonga la noche, los últimos borrachos que no dormitan sobre sus propios charcos de vómito se dedican a acosar a las prostitutas que saben perfectamente que no les queda dinero que gastar.

-No se admiten perros ni bastardos -esputa el tabernero con tono amenazante, helando por un instante la sangre de los presentes y haciendo girar la vista hacia la puerta a todos los que aún tienen control de sus ojos.

El encapuchado aviva su pipa inspirando lentamente e ilumina con tono anaranjado la mitad inferior de su cara. La barba descuidada no logra ocultar completamente la fea cicatriz de su cuello, la marca de la horca. Dejando libre el humo a través de una sonrisa cínica, avanza hacia la barra. Uno de los parroquianos, henchido de etílico ardor guerrero, abandona el acoso a una prostituta y tratando de mantenerse firme se cuadra entre él y la barra.

-¿No has oído al mesonero, sangre sucia? -gruñe mientras busca torpemente la daga que cuelga de su cinturón- Aquí no queremos orejas picudas.

El encapuchado entreabre su capa y reposa las manos sobre dos mangos de hacha que sobresalen entre sus ropas. Antes de que la situación demande sangre, un ruido seco y fuerte acalla los murmullos de aquellos que esperaban ya el combate. La prostituta, con una jarra de madera con el borde inferior ensangrentado colgando de la mano, queda a la vista cuando el combativo borracho se desploma como un muñeco de trapo.

-Perdónalo -dice el tabernero mientras extiende la mano a su chica para recuperar la improvisada arma-, es nuevo por aquí. Siéntate, creo que aún hay algo de la cerveza buena del viejo. Además, tengo un paquete para ti de Lucio Quinto.

"Quinto. Me sorprende que siga vivo. Excéntrico y maniático. El cuerpo de ingenieros lo tiene como un visionario, alguien que es capaz de pensar más allá de las consideraciones clásicas de cómo deben actuar las cosas. Para mí es un loco, si hubiese una ley sobre locos que trabajan con alquimia sin duda sería para prohibirlo. Pero yo no hago las leyes y tampoco estaré cerca el día que vuele por los aires su laboratorio."

-Maro... -ronronea la prostituta- Aquí no queda nada que hacer. Me queda algo de esa alamanda de estraperlo, podríamos divertirnos como la última vez.

El semielfo levanta la mirada. La chica tiene un ojo hinchado y amoratado. Heridas de guerra propias de su oficio en una zona fronteriza , piensa. Aún así es joven y atractiva. Se ve tentado de aceptar la oferta por un momento, pero no puede escapar de la verdad.

-No voy bien de dinero, Giona -responde taciturno el semielfo mientras vacía la pipa bajo la barra-. No tan bien como para gastar en una puta hoy y en un clérigo que me cure el herpes mañana.

A la cerveza arrojada a la entrepierna y el tortazo le sigue el repicar de los tacones furiosos por la sala. Maro aún está limpiándose cuando vuelve el tabernero con una buena jarra de cerveza y un paquete poco mayor que ella. Tras disfrutar un primer trago, el semielfo revisa el paquete. Un carcaj pequeño con algunos virotes para la ballesta de mano y una nota:

"Prueba esto y dime qué te parece. Los de Innovación del Combate insisten en que no es seguro cargar los virotes con fuego de alquimista pero yo opino que mientras que no te sientes muy cerca de la hoguera por las noches, no deberías morir. Mata a algunos indeseables y escríbeme con el resultado. Se lo restregaré en la cara a esos burócratas.

-Q."

Con una mueca de aprobación, el encapuchado ciñe el carcaj a su pierna bajo la capa y tras asegurarse de que nadie le presta más atención de la debida, quema la nota en una lámpara cercana. Que se le asocie con alguien del Cuerpo Imperial de Ingenieros no es bueno para el negocio. La cicatriz de su cuello aún le recuerda cómo la Aman Giliath trata a los que considera traidores.

¿Acaso es él un traidor? No, al menos no se lo considera. Es sólo un superviviente. Las banderas, las creencias, las naciones o las razas son conceptos demasiado abstractos para un semielfo nacido en la frontera. Sin conocer otra vida que la violencia en todas sus formas, ha forjado su camino alquilando su acero a todo aquel que lo necesitase. La misma Aman Giliath que tratase de ahorcarlo lo había aplaudido cuando había conseguido retrasar la llegada de un destacamento de la Gran Hermandad.

-Esta corre de mi cuenta -dice el mesonero devolviendo la moneda que el semielfo ha dejado en la barra-. Estos nobles caballeros han abultado mucho mi cofre esta noche celebrando el ajusticiamiento del salteador que atrapaste el mes pasado.

-Celebran un asesinato, ese hombre sólo buscaba  una forma de dar de comer a sus hijos. Ni siquiera se resistió al arresto -responde el semielfo mientras se guarda la moneda.

-No ajustician a nadie por cultivar patatas -responde el tabernero encogiéndose de hombros-. Y hay muchos que no cultivan patatas por aquí, siempre habrá trabajo para alguien como tú.

-Hoy no puedo, Alvar -responde el encapuchado- tengo algo gordo entre manos.

Por primera vez toma consciencia de la importancia del contrato. No busca ahora a ladrones de tres al cuarto para saciar la sed de sangre de los destripaterrones locales. No, ahora busca a algunas personas concretas por orden de los druidas. La promesa de una abultada suma lo ha convencido más allá de toda duda sobre la fiabilidad de los druidas como pagadores, pero no se ha planteado por qué todo eso. ¿Qué tienen sus objetivos entre manos para que desde tan lejos quieran vigilarlos? Maro apura su cerveza, no quiere que su cerebro divague en los motivos políticos o religiosos que los druidas se han afanado tanto en ocultarle. Sería una falta de respeto a sus esfuerzos.

-¡Gio! -grita el semielfo acercándose a la escalera- ¡Giona, he cambiado de idea! Prepara una tina caliente.

Los borrachos que aún se mantienen en pie aplauden efusivamente la decisión del semielfo mientras profieren los más sórdidos piropos a la interpelada a través del hueco de la escalera. Maro busca con la mirada al dueño del local. Alvar asiente; parece que la casa sigue invitando. Tras dejar escapar un suspiro, el encapuchado sube al piso de arriba. Sabe que parte hacia una misión que será peligrosa y, al fin y al cabo, el herpes no importa cuando estás muerto.

La hora de la comida ya ha pasado cuando Maro despierta. Giona aún parece dormir. El semielfo comienza a ponerse de nuevo su armadura, no hay tiempo para descansar más y Puente del Tahúr tampoco es un lugar turístico por el que merezca la pena pasear. Mientras se sienta en la cama para ponerse las botas, nota un movimiento detrás de él. Lo primero que ve es su propia ballesta de mano apuntándole a la cara, le tranquiliza ver que está descargada. Giona la empuña con firmeza. Maro se la arrebata bruscamente mientras la prostituta sonríe divertida y, sin preocuparse por su desnudez camina hasta la ventana.

-Juraría que estás ahí fuera.

Maro levanta la mirada incrédulo y se aproxima a su compañera. En la calle, tratando de pasar desapercibido en la sombra de un soportal hay un hombre encapuchado, con una larga capa en tonos boscosos.

"Giona huele los problemas. Además es rápida y sabe moverse sin ser vista. Joder, quitando el juego de cadera su oficio la ha preparado para lo mismo que el mío. Si en lugar de puta fuese cazarrecompensas, me quedaría sin trabajo."

El semielfo se ciñe la capa y, sin taparse con la capucha, abandona la habitación. El salón permanece a oscuras. Parece que hoy no se han dado comidas; los parroquianos habituales deben de estar muy ocupados tratando de expulsar de sus cuerpos la celebración de la noche anterior. Maro se asegura de estar solo antes de abrir la puerta. El encapuchado cruza rápidamente la calle y mirando a ambos lados se introduce en la posada, cerrando tras de él. Maro le espera sentado en la mesa del centro de la sala. Se sienta con él y se retira también la capucha. Los rasgos son asombrosamente parecidos, pero hay algo más que su barba algo más espesa, su frente arrugada y sus orejas redondas que Maro nota como diferente. No son los rasgos de humano, es la expresión elevada de su rostro, el velo de misticismo que ha aprendido a notar al primer vistazo.

-No sabía que fueses tan buen rastreador -miente el semielfo con voz seca-. Quizá nuestro misterioso contratante debería haberte enviado a ti a buscar a los objetivos.

-Toma -es la única respuesta del humano que, haciendo oídos sordos a las soflamas de su interlocutor, le entrega un collar hecho de raíces-. Debes ponértelo cuando estés cerca del libro.

"Raíces. ¿Podrían ser más evidentes? El intento de discreción de los druidas es tan transparente como el olor a lobo del explorador que se sienta al otro lado de la mesa. Pensar que mueven los hilos en secreto debe de hacerles sentir tan poderosos que deciden ignorar abiertamente que cualquiera con dos dedos de frente ve su mano invisible. Raíces. Ni un elfo hasta la punta de sus orejas de alamanda emplearía ese diseño para un trabajo encubierto."

Maro sonríe mientras coge el collar y lo guarda en un bolsillo interior. El silencio se prolonga unos segundos hasta que el humano vuelve a ponerse la capucha, dando por finalizada la conversación. Sobre la mesa ha dejado una abultada bolsa con monedas que el semielfo revisa mientras el encapuchado se aleja. Unas quinientas piezas de oro, un décimo del pago convenido. Maro acostumbra a pedir un cuarto por adelantado, pero no suele suponer tanto dinero, así que no se queja.

-Si queréis pasar desapercibidos en el futuro -dice con sorna antes de que su pagador atraviese la puerta-, pagad con acero.

El golpe de la puerta muestra el desagrado que el explorador había tratado de ocultar no volviendo la cabeza. Maro vuelve a centrarse en el dinero, aunque sea oro, es mucho oro. Sin embargo él se dirige hacia Dol Baradrey. Si no quiere perder demasiado dinero con el cambio será mejor que se pertreche antes de salir. Hay un alquimista humano en el pueblo. A pesar de llevar años colaborando con él aún no conoce su nombre, todo el mundo se refiere a él simplemente como el viejo. Si los humanos tuviesen el don de la magia, piensa el semielfo, serían como el viejo. Maro deja un par de las monedas sobre la barra, a pesar de la intención de Alvar de invitarlo sabe que no es bueno deber nada a nadie. Tras ponerse de nuevo la capucha sale de nuevo a la calle por el establo, no piensa volver.

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-Tengo algo... -dice el viejo tras unos largos segundos mesando su barba y mirando al techo del sótano en el que ha introducido a Maro- Si vas a Dol Baradrey te vendrá bien. Dicen que los enanos están revolucionados.

-¿Qué ha pasado? -responde el  semielfo mientras el viejo comienza a revisar los cajones.

-Los enanos se han encerrado en sus barrios y en las minas y están asesinando a los humanos.

"Asesinato. El viejo siempre ha sido partidario de la asimilación frente a la conquista. La propaganda imperial debe de funcionar bien cuando hasta alguien como él habla de asesinato. No era asesinato quemar árboles y elfos por igual para crear asentamientos humanos en La Cuenca. No era asesinato cuando se degolló a cada enano que no quería bajar a vivir a la plaza en Dol. Asesinato. Sólo es asesinato cuando el muerto es humano. Aún así, los enanos no podrían haber elegido peor momento para levantarse. Esto me va a traer problemas."

-Se llama partepiedras -dice el viejo sacando a Maro de sus pensamientos, hay tres viales de un líquido de color marrón oscuro-, ¿te los llevas todos?

-Dame solo un par -responde el semielfo-. Me sentiría muy idiota si me asesinasen sin haber usado todos.

El viejo añade dos de los viales al paquete que ha preparado y hace cuentas sobre el precio de todo. Maro saca la bolsa, sabe que el viejo es incapaz de regatear, ya lo ha intentado otras veces. En parte lo agradece, sus precios suelen ser justos. Tras pagar la bolsa pesa bastante menos. Eso evitará problemas con los bandidos. El viejo le acompaña hasta la puerta y se despide de él con poco más que un gruñido. El semielfo se pone de nuevo la capucha y monta en el caballo. El tiempo apremia.

Si la noticia del levantamiento de los enanos ha llegado a Puente del Tahúr, seguramente habrá llegado a asentamientos más importantes. Si la Gran Hermandad no está ya en Dol Baradrey no tardará en llegar. Maro se da cuenta de que ahora preferiría no saber que está trabajando para los druidas. Un paso en falso y podría estar metido hasta el cuello en una guerra que lleva toda una vida evitando.  Espolea al caballo. Catorce leguas lo separan de su destino, llegará antes del amanecer.

Antes de ver la ciudad, antes incluso de internarse en los cañones que la preceden, ya es visible el tono anaranjado de los incendios en el horizonte. El combate continúa; dentro de las posibilidades, eso es lo mejor. Busca a Owen el Iluminado, clérigo de Orris, y podría jugarse el cuello a que es un enano. Junto a él viajan al menos un salvaje, un orco, una elfa y un humano leproso. Es un grupo muy diverso. Demasiado diverso -piensa Maro- para la tolerancia imperial. Si no mueren en la batalla no tardarán mucho en ser ajusticiados.

-¡Alto! -grita una voz fuerte y clara, poco más que un niño vestido con el uniforme de la Gran Hermandad bate una antorcha en mitad del camino a unos metros de su campamento- El acceso a Dol Baradrey está cerrado, da media vuelta.

-Llevo cabalgando varias horas -responde Maro mientras, haciendo caso omiso, baja del caballo-. Necesito acercarme a la hoguera y agua para mi caballo.

Un tercer hombre se acerca desde una de las tiendas del campamento, tras él otros dos guardias sujetan ballestas y aún quedan dos más en la hoguera. El semielfo tensa los músculos, con la suerte de su lado y la sorpresa quizá podría abrirse paso luchando. ¿Y luego qué? Tarde o temprano acabaría colgando por el cuello como recordatorio del poder de la Gran Hermandad.

-Sargento Garrad de Abo -dice el hombre que se acerca-. Identifícate, viajero.

-Mi nombre es Maro -dice mientras se quita la capucha, sin dejar de avanzar-. Estoy autorizado para la caza de fugitivos en La Cuenca, Halmagrado y Tulburgo. Necesito entrar en la ciudad.

La firmeza de la voz del semielfo no parece intimidar al sargento, sabe que tiene la sartén cogida por el mango. Sin embargo invita a Maro a pasar junto a la hoguera. El chico que le dio el alto se lleva el caballo al abrevadero. El semielfo saca una de sus raciones y comienza a comer. La hostilidad es evidente a pesar de la hospitalidad mostrada. No quiere abusar. Los gritos de la ciudad llegan cada cierto tiempo, tan sólo media milla más y estaría dentro pero está ahí clavado.

"No dejan de mirarme las orejas. Llevan un día y medio masacrando a los pocos elfos que debían quedar en Dol Baradrey. El humo de la ciudad es elocuente, no es sólo la madera de las barricadas lo que alimenta las hogueras. Reconozco el olor, no es la primera vez que los humanos queman a los elfos. Sólo espero que esos ilusos estuviesen ya muertos. Para estos mangas verdes, yo no soy diferente a ellos. Coge al más violento de tu pueblo, costéale las mejores armas que el pueblo pueda asumir y mándalo a rodearse de otros como él. La Gran Hermandad resume muy bien la mentalidad humana."

Sin mediar palabra, Maro se levanta y recoge a su caballo. Será mejor buscar otra ruta.

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